miércoles, 8 de mayo de 2013

Charlas sobre sexualidad infantil en Café Molar


Durante el mes de mayo tendrán lugar charlas sobre la sexualidad infantil, los siguientes días y con los siguientes temas:

Jueves 9 de Mayo, “Primeras preguntas y curiosidades”
Jueves 16 de Mayo, “Cuerpos que cambian”
Jueves 23 de Mayo, “Hablar del amor”

Todas ellas en Café Molar, mientras nos tomamos juntos un café o un té.



viernes, 1 de febrero de 2013

Mi tierra eres tú

Por Meia, de Círculo de Madres




¿Mi tierra?
Mi tierra eres tú.

¿Mi gente?
Mi gente eres tú.

El destierro y la muerte
para mi están adonde
no estés tú.

¿Y mi vida?
Dime, mi vida,
¿qué es, si no eres tú?

Luis Cernuda

lunes, 17 de diciembre de 2012

El mejor de los regalos

Por Meia, de Círculo de Madres



Sarai Llamas nos da en su blog la mejor de las ideas para regalar estas Navidades.
Este regalo es gratis, bonito, no pasa de moda, no se rompe, no gasta pilas y siempre lo recordarán.


martes, 20 de noviembre de 2012

La coartada perfecta


Por Meia, de Círculo de Madres


¡Ah, la bendición de tener hijos!

Poder gozar de la maternidad, del amor incondicional y a borbotones. Encontrarse a una misma, dotar a tu vida de un nuevo sentido, crecer y madurar.

¡Es tanto lo que nos trae la maternidad! Todas esas grandezas, sí. Pero hay una cosita, una cositaconquéletrita... Es mi coartada perfecta. La gran escusa.

Para tirarme en la orilla de la playa y llenarme el culo de arena con cada ola.

Para volver a coleccionar cromos: abrir los sobres con nervios, pegar los cromos en el álbum y cambiar los repes los domingos.

Para comprar el puzzle que siempre quise.

Para ir al cine a ver dibujos.

Para leer todos los maravillosos álbumes ilustrados infantiles que hay.

Para hacer manualidades.

Para coleccionar los playmobil que eran clicks de famobil inalcanzables.

Para cantar a dúo por la calle en voz alta sin que me miren raro.

Para montar vías de tren por el suelo hasta que la espalda me diga basta.

Para volver a quedarme jugando en la cama los domingos por la mañana.

Para correr como un niño de 4 años.

Reconocedlo, pillinas. Ser niña a los 40 moooola.





Feliz Día Universal del Niño.

jueves, 19 de julio de 2012

La amapola

Por María, de Círculo de Madres





Los padres de los niños que tienen necesidades especiales (sean estas las que sean) necesitarían tener para ellos solos un equipo de animadoras. Sólo un padre o una madre que lo ha pasado sabe lo que es hacer un arrullo, una gracia, una caricia, un "ajo", una tontuna y no recibir respuesta a cambio... Una y otra vez, una y otra vez. Hasta el punto de pensar: "lo estoy haciendo mal", "no sirve para nada", "¿no me ve?", "¿a lo mejor no le gusta?", "estoy haciendo el tonto"... y mil pensamientos negativos más.
Y si dejamos de "hacerles" se cierra el círculo vicioso: como no le haces, no te contesta, como no te contesta, no le haces, como no le haces, no te contesta....

Por eso, aunque no parezca haber avances, aunque parezca que todo lo que hacemos cae en saco roto, aunque parezca que en lugar de avanzar retrocedemos, hay que seguir. Seguir estimulándolos, seguir jugando con ellos, seguir haciendo los ejercicios que te dicen en atención temprana, seguir hablándoles, seguir achuchándoles, seguir besándoles, seguir haciéndoles cosquillas, seguir masajeándoles, seguir poniéndoles a 4 patas, seguir mostrándoles juguetes para llamar su atención. Y eso aunque no se muevan, no se rían, no miren los juguetes, no respondan, no se interesen por nada, no fortalezcan sus músculos... porque aunque parezca que no, siempre es que sí.

Es como si tuviéramos un trocito de tierra y la prepararamos para plantar un sembrado muy exigente (como no soy de campo no sé cuál es el cultivo más exigente, pero imaginemos uno extremadamente exigente en cuanto a condiciones de luz, agua, tierra y humedad): la aramos, la regamos, la abonamos, la sembramos... y a lo mejor no da nada o da sólo una amapola silvestre. Pero siempre tenemos que tenerla arada, abonada, regada, sin árboles que le tapen el sol...

Y cuando esa amapola sale, si sale, tenemos que alegrarnos enormemente, celebrarla, embelesarnos y disfrutarla como si fuera la única amapola del mundo. Y eso aunque hubieramos plantado trigo o tomates, eso aunque cualquier otro labrador del mundo hubiera arrancado la amapola como si fuera mala hierba. Porque otro labrador da por sentado que ahí no tienen que crecer amapolas, tiene que crecer lo que él ha sembrado. Pero nosotros, los padres de los niños especiales en sus necesidades (¿y qué niño no lo es?) debemos celebrar el milagro de esa amapola como la mejor cosecha, porque no podemos dar por supuesto nada.

Cuando un hijo con necesidades educativas especiales sonrie a su madre por primera vez, o coge el sonajero y lo mueve y se embelesa con el ruido que ha hecho, o da sus primeros pasos, o dice con voz entrecortada y vacilante "pa-pa", o escribe con letra temblorosa y picuda su nombre, ese día la felicidad de los padres será incomensurable, porque si algo nos regalan estos niños es el poder de maravillarnos con las cosas pequeñas, con esas cosas que la mayor parte de los padres dan por supuestas.

viernes, 4 de mayo de 2012

Quién moldea a quién


Por Katharina, de Círculo de Madres



  Veo que somos unas cuantas las que empezamos a sentir una cierta inseguridad respecto a cómo tenemos que actuar en situaciones en las que nuestros hijos se ven metidos en una pelea con otro/s niño/s.
  Supongo que eso se debe a que, al ir creciendo, su socialización aumenta, pero no lo hace de un día para otro. Si los adultos con más frecuencia de lo deseado nos vemos envueltos a veces en discusiones o polémicas más pasionales que racionales, cómo no iba a suceder con los niños, en los que todavía no ha arraigado la costumbre de vivir en sociedad.
  Ante situaciones de este tipo hay padres que optan por dejar a los niños que resuelvan por ellos mismos sus conflictos. Eso está muy bien, pero no significa que no se les deba orientar, porque no han aprendido todavía a hacerlo de manera que el resultado sea útil.
  Parece que intervenir, ordenando el diálogo entre ellos, para que verbalicen sus diferencias en lugar de dejarse llevar por el impulso físico, es interpretado, a veces, como sobreprotección.
  ¿Es eso? ¿Sobreprotegemos a los niños?
  Ayudarles a aprender a gestionar sus deseos de manera que respeten las necesidades y la voluntad del otro y que, a su vez, hagan respetar las suyas propias, ¿es eso sobreprotección?

  Pienso que esa pregunta es clave y que ahí reside una parte importante de los problemas con los que nos encontramos en situaciones de socialización, como el parque.
  Por una parte, el comportamiento del niño es achacado a la madre o al padre. Que el niño no comparta, o que pegue, que se muestre agresivo, o esquivo o que no quiera jugar con otros niños, nos genera frustración a los padres. Porque, aunque lo que deseamos por encima de todo es la felicidad de nuestros hijos, nosotros mismos nos evaluamos constantemente a través de su desarrollo, de su crianza, de su adquisición de conocimientos, de actitudes...

  El niño que un día prefiere jugar solo a hacerlo con otros niños, en general, lo hace por eso, porque así lo prefiere. No le supone frustración. Porque podía elegir y lo ha hecho. Nos frustra a nosotros, los padres, porque nos genera inseguridad sobre las causas que a nosotros, adultos, nos llevarían en su caso a preferir la soledad a la compañía; la integración en el grupo a la autoexclusión. Es decir, interpretamos su estado como lo haríamos con un adulto, pero olvidamos que su modo de proceder no es el de un adulto y que sus necesidades no son las mismas.

  Evidentemente, que un niño agreda a otros niños, o que no comparta, no debe ser potenciado. No es una conducta de respeto y, al final, provoca que quien agrede no sea respetado. Pero la agresión es un modo de demostrar que hace falta aprender a expresar esa conducta de otra manera; a verbalizarla y a buscar alternativas al 'no' rotundo. Y eso, para un niño, sólo se aprende si un adulto le guía, paso por paso. Sólo se aprende por imitación. Como se aprende, también, gran parte de lo socialmente censurable.

  El otro día en el parque lo hablaba con otra mamá, que además es maestra. Ella suele permanecer siempre muy cerca de su hijo, y cuando éste no quiere jugar con otros niños, ella se presta a jugar con él. Algunos papás consideran que a esta edad, el estar tan 'pendiente' de los niños dificulta su madurez. Pero esta chica me dijo algo que me pareció tremendamente lógico y que tiene que ver con el hecho de que lo que vemos de lejos cuando los vemos jugar son los grandes detalles (un bofetón, un empujón, esas lágrimas por aquí...), pero nos perdemos aquello que es muy pequeñito, que pasa desapercibido y que se archiva en la cabecita, pero que queda sin entender. Supongo que se refería a pequeños rechazos del grupo, a palabras feas, a imposiciones que, entre iguales, puede que no tengan la intensidad que se les presupone en un primer momento, pero que son muy importantes en el establecimiento de las relaciones afectivas y de amistad.

  En fin, ¿qué opináis?

miércoles, 21 de marzo de 2012

A jugar con el bastón

Barbara Burani, "Anciano"

Un día el pequeño Claudio jugaba en el zaguán, y por la calle pasó un anciano con los lentes de oro, que caminaba encorvado, apoyándose en un bastón, y precisamente delante del portón se le cayó el bastón.
Claudio fue presuroso a recogérselo y se lo dio al viejo, que le sonrió y dijo:
-Gracias, pero no me sirve. Puedo caminar muy bien sin él. Si te gusta, te lo regalo.
Y sin esperar respuesta se alejó, y parecía menos encorvado que antes.
Claudio permaneció allí con el bastón entre las manos sin saber qué hacer.
Era un bastón común de madera, con el mango curvo y la punta de hierro, y no se notaba nada más especial. Claudio golpeó dos o tres veces la punta en el suelo, después, casi sin pensarlo montó en el bastón y he aquí que no era más un bastón, sino un caballo, un maravilloso potro negro con una estrella blanca en la frente, que se lanzó al galope alrededor del patio, relinchando y haciendo salir centellas de los guijarros.
Cuando Claudio, un poco maravillado y un poco asustado, logró poner el pie en el suelo, el bastón era nuevamente un bastón, y no tenía cascos sino una sencilla punta oxidada, ni crines del caballo, sino el mismo mango encorvado.
-Quiero probar de nuevo -dijo Claudio, cuando logró recobrar el aliento.
Montó de nuevo el bastón, y esta vez no fue un caballo, sino un solemne camello con dos jorobas- y el patio era un inmenso desierto para atravesar, pero Claudio no tenía miedo y observaba desde lejos, para ver aparecer el oasis.
- «Ciertamente es un bastón encantado», se dijo Claudio, montándolo por tercera vez.
Ahora era un automóvil de carreras, todo rojo con el número escrito en blanco sobre el capó, y el patio una pista ruidosa, y Claudio llegaba siempre el primero a la meta.
Después, el bastón fue una motonave y el patio un lago con aguas tranquilas y verdes, y después una nave espacial que surcaba los espacios, dejando tras de sí una estela de estrellas.
Cada vez que Claudio ponía el pie en tierra el bastón tomaba su aspecto pacífico, el mango lúcido, el viejo herrete. La tarde pasó rápida entre aquellos juegos.
Hacia la noche Claudio se asomó hacia la carretera, y he aquí que ve al viejo con los lentes de oro.
Claudio lo observó con curiosidad, pero no pudo ver en él nada de especial: era un viejo señor cualquiera, un poco cansado por el paseo.
-Te gusta el bastón?, preguntó sonriendo a Claudio. Claudio creyó que se lo pedía, y se lo alargó, enrojeciendo. Pero el viejo hizo señal de que no.
-Tenlo, tenlo, dijo. ¿Qué hago yo con un bastón? Tú puedes volar, yo sólo podré apoyarme. Me apoyaré en el muro y será lo mismo.
Y se fue sonriendo, porque no hay persona más feliz que el viejo que puede regalar alguna cosa a un niño.

Gianni Rodari